Femicidios

Por Floris y por todas

Fioto: Leticia Pogoriles
Fioto: Leticia Pogoriles

Zunilda vive a varias cuadras de mi casa, pero compra verdura y fruta en el mismo lugar que yo, su” patrona” la manda ahí porque dice que “los bolivianos traen mejor mercadería y más barata”.

-Mi patrona -como llama a la mujer que la emplea- es millonaria, pero siempre me dice que me fije en los precios y camine para comparar, me contó un día que nos pusimos a charlar en la cola.

Zunilda es paraguaya, nació en un pueblo agrícola ganadero, San Pedro de Ycuamandiyú, a más de 300 km de Asunción, donde “hay ricos muy ricos y pobres muy pobres”, cuenta.

Dos días después de la marcha del 3 de junio, nos encontramos: su uniforme de “mucama” azul y blanco –al que la obliga su empleadora- tenía bordado en el pecho #NiUnaMenos. “Lo hice yo”, dijo con orgullo cuando le pregunté si había ido a la marcha.

-No, quería ir pero la patrona no me dio permiso, me dijo que esas mujeres están muertas porque “se buscaron lo que les pasó”, y que era peligroso ir ahí porque la policía nos iba a correr. Así que a la hora de la siesta, de la rabia me encerré en mi pieza y me bordé el uniforme. A la Doña no le gustó, pero yo no lo voy a deshacer, lo hice pensando en mi hermanita asesinada en mi pueblo.

Zunilda tiene 55 años y se vino a la Argentina muy joven, poco después de que unos hombres violaran y mataran a su hermana Floris en el campo donde trabajaba su familia.

“Floris tenía 13 años, era una nena, y nos ayudaba en el campo del patrón con el algodón, la alfalfa, la yerba mate. Allá los chicos trabajan desde chicos, yo tenía 6 años cuando empecé. Mi hermanita trabajaba en las vacaciones, habíamos convencido a mis padres de que tenía que estudiar, iba al colegio durante el año, era la única de los nueve hermanos que terminó la primaria”, comenzó a relatar mientras nos apartamos de la fila.

“Es cosa de putas…”

Una tarde, al caer el sol, Floris no volvió al lugar donde se juntaba la familia para volver a la casa, comenzaron a buscarla por todo el campo, gritando su nombre, llamándola, pero la nena no apareció.

“Floris era brava, desobediente, y se iba lejos a cosechar, decía que ya era grande; en el campo éramos muchos, mujeres y hombres, algunos no eran fijos, el patrón los tomaba sólo para la cosecha. Fuimos hasta el pueblo, los peones recorrieron el campo a caballo, pero no la encontraron en ningún lado”, decía Zunilda como en una letanía, los ojos brillantes, la mirada dura.

La policía buscó a desgano un par de días y dio por desaparecida a Floris. “Se habrá ido con algún guacho”, le dijeron a la familia. El padre empezó a culpar a la madre y a las hermanas porque la nena usaba short y eso “es cosa de putas, para provocar a los hombres”, decía.

“En Paraguay desaparecen muchas chicas, nenas, las violan, las matan, o las usan para la prostitución, las mandan a otros países. La policía lo hace también, así que ellos ni buscan, si están en la misma. Las mujeres no valemos nada en Paraguay, para los hombres somos nada, son muy machistas, mucho peores que acá”, dice Zunilda.

Dos meses después los restos de Floris aparecieron de pura casualidad en un rancho abandonado, a varios kilómetros de la finca donde vivía. Dice su hermana que el cadáver estaba todo atado, “como un matambre”. De la Justicia ni hablar. Fuga del hogar era la carátula. “Y después pasó a ser una muerta más, total todos los meses mueren chicas así”, asegura.

A los dos años un hermano de Zunilda estaba en un boliche del pueblo y un amigo le contó que pocos días antes, en el mismo lugar, había escuchado una conversación entre varios hombres borrachos, que hablaban de “la Floris”, riéndose e imitando los gritos y los llantos de la nena mientras la violaban y castigaban.

La familia hizo la denuncia, los tipos eran unos jornaleros conocidos, la causa nunca prosperó, ni siquiera fueron detenidos.

“Así es en Paraguay todavía, no hay justicia, una mujer no vale nada, las mujeres, las nenas tienen hijos de violadores. Yo me vine joven a la Argentina, trabajé con varias patronas. Tuve un marido, pero como me pegaba no quise tener hijos, la hija de una patrona me daba pastillas anticonceptivas. Y un día lo dejé. Me empleé en otra casa bien lejos y nunca me encontró, ni sé si me buscó”, asegura.

Mientras hablaba Zunilda fue rompiendo en trocitos como de papel picado la lista de la compra, cuando se dio cuenta se agarró la cabeza, “con todo lo que hablé ni me acuerdo de lo que vine a comprar, pero por esto es que yo quería ir a la marcha, porque las mujeres seguimos siendo asesinadas y maltratadas como le pasó a mi hermanita. Por ella es que me bordé esto en el uniforme, porque en su memoria quiero que no haya ni una más, ni una menos. ¿Será que algún día pasará de verdad eso? El año que viene voy sí o sí. ¿Vamos juntas? Y me voy, porque la patrona debe estar como loca. Nos vemos.”

Gracias Zunilda, claro que el año que viene vamos juntas. Por Floris y por todas.

 

Noemí Ciollaro

Noemí Ciollaro

Periodista en Las 12 de Página 12 y en la revista digital Haroldo; autora de Pájaros sin Luz, Testimonios de Mujeres, de detenidos- desaparecidos (Planeta 2000) e Hijos del Sur (Testimonios de hijos de detenidos-desaparecidos en Quilmes) (Universidad Nacional de Quilmes, 2014).

2 Comentarios

Click aqui para dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *