Trata de personas

“No tengo ganas de que me toquen, sólo quiero una vida normal”

trata

Marisa, la llamaremos así para preservar su identidad, tiene hoy 29 años y un niño pequeño, hijo de ese hombre que la prostituyó durante diez años. Su vida nunca fue fácil, tuvo que pelearla sola desde muy chica. Con 19 años recién cumplidos encontró un clasificado en el diario que buscaba bailarina para un local de Ushuaia, el Black and White. Llamó y después de algunas conversaciones viajó a la ciudad con la ilusión de una vida mejor. Le prometían sueldo y vivienda a cambio de bailes. Le mintieron. Le decían que era una especie de cena show donde había presentaciones de tango, danzas árabes, entre otras. Le pagaron el pasaje, por lo que cuando llegó ya debía plata. Le dijeron que debía comprarse el atuendo para el show, ropa, zapatos, maquillaje. Siguió sumando deudas. Le tramitaron la libreta sanitaria, supuestamente para que pudiera atender las mesas entre baile y baile. Tuvo que pagar los estudios médicos que se requerían por lo que la deuda siguió creciendo. Como no era de la ciudad le daban un lugar donde vivir que también debía pagar, así que la cantidad de dinero que le debía a sus “empleadores” siguió creciendo. Además le retuvieron el dni, porque muchas se habían “escapado” sin saldar su deuda.

Al principio lo del show de baile fue cierto, pero al lugar no iban familias, tampoco había mujeres en el público, solo hombres. Al tiempo conoció a uno con el que empezó a mantener una relación, él la convenció de que hiciera como las otras mujeres, que iba a ganar más plata haciendo “pases” (una manera menos fuerte de decirle a las relaciones sexuales pagas). Así no sólo la explotaban los Morales –  dueños del Black and White hoy clausurado mientras ellos cumplen condena por trata de personas – sino también su propia pareja. Ingresó al sistema prostibulario, fue pasando por distintos burdeles, el Black and White, Tropicana, Candilejas, Copita de plata.

Por diez años Marisa no entendió que era víctima del delito de trata, creía que era su elección, hoy se da cuenta que su decisión estuvo viciada, por su vulnerabilidad, por el sistema de deudas en el que la hicieron ingresar, porque le retuvieron el dni, porque le decían que la cuidaban, porque la convencían de que “era más mujer la que más dinero levantaba”, que ella era la viva y que los hombre eran los “giles que dejaban la plata”.

Vivió situaciones de mucha violencia física y psíquica. Teniendo que consumir drogas y alcohol para pasar las noches, para pasar a los hombres. Golpes, insultos, lágrimas, mezclados con alcohol, perfumes y maquillajes.

Hoy Marisa entiende lo que le pasó y no quiere que le siga pasando, quiere salir del sistema prostibulario pero sola no puede. No tiene familia, sólo un hijo pequeño al que tiene que alimentar, vestir y darle un lugar para vivir.

Ha pedido ayuda. Fue al Ministerio de Desarrollo Social donde le hicieron contar su historia una y otra vez, volviéndola a violentar y revictimizándola. Fue a Desarrollo Social de la Municipalidad y a la Secretaría de la Mujer. Le ofrecieron subsidios que van de los 2 mil a 3 mil pesos por tres meses o ayudarla a que se ponga al día con el alquiler. Le prometieron cursos de capacitación para que pueda buscar un trabajo que nunca se realizaron.  Sólo para uno la llamaron, era para enseñarle a hacer un curriculum vitae, aunque no pudieron prestarle una computadora para que lo haga y lo imprima.  La convencieron de que reciba asistencia psicológica pero nunca se concretó. Pidió que le dieran una vacante a su hijo en el Centro Infantil Integrado Amanda Beban para que ella pudiera buscar trabajo mientras lo cuidaban pero se lo negaron.

Marisa cuenta que en una oportunidad tuvo que contarle su historia a una mujer que luego de escucharla se dio vuelta y le comentó a otra “esta es la que se pasó a mi marido”, ese hombre que todavía hoy es funcionario público. Sobre eso ella explica que durante sus años en el sistema prostibulario fueguino vio pasar por los cabarets políticos, fiscales, jueves, médicos, policías. “En el Sheik había una zona vip, en la parte de arriba, que tenía un acceso privado, por una escalera, ahí te los encontrabas a todos, decime a dónde vas a ir a denunciar o pedir ayuda si ellos mismos van y saben lo que pasa”.

Hoy Marisa no busca culpables de lo que tuvo que vivir, solo pide asistencia desesperadamente, no quiere volver a prostituirse para poder llenar la heladera o pagar el alquiler. “Yo no quiero denunciar a nadie, no es tan fácil, acá hay mucha gente metida, no son sólo los que llegaron a juicio, hay muchísima gente atrás” dice con miedo.

“Yo no tengo ganas de que me toquen, sólo quiero una vida normal, que me ayuden a conseguir trabajo, poder pagar un alquiler, darle de comer a mi hijo, poder hacer amigos sin mentir sobre lo que hago para vivir”.

 

La nota fue publicada en: http://banderafueguina.com.ar/

Natalia Caso

Natalia Caso

Comentar

Click aqui para dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *