Estudios

Masculinidades incómodas

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Una de las paradojas es que “hasta quienes criticaban fervientemente la violencia, comenzaban a dudar de esa crítica cuando se piensa en los motivos que causaban esos actos violentos. No aparecía la autonomía de la mujer sino la mujer sujeta al novio”. Es uno de los tantos descubrimientos de Néstor Artiñano en su investigación Masculinidades incómodas: jóvenes, género y pobreza, publicada por Espacio editorial.

El libro recoge las perspectivas sobre la violencia de género de mujeres y varones jóvenes de un barrio de Berisso, lindante con La Plata. Lo publicado es una versión reducida de la tesis de maestría en Trabajo Social que Artiñano publicó el año pasado y que interroga sobre la violencia en el contexto familiar. Lo que encuentra es que la violencia es cuestionada desde el discurso formal, el “deber ser”, pero se naturaliza cuando se profundiza en las preguntas.

La investigación trabajó sobre dos grupos de jóvenes, varones y mujeres, 67 en total, de entre 15 y 25 años en el barrio Villa Progreso, Berisso.

–Su investigación plantea que la violencia es cuestionada por los y las jóvenes desde el discurso formal, pero se naturaliza cuando se profundiza en las preguntas.

–La violencia no era un tema que estaba en el protocolo de entrevista que yo tenía para abordar el tema de la construcción social de la masculinidad en jóvenes de ese barrio. Pero el tema se impuso. Apareció en la segunda entrevista y luego en la tercera, por lo que decidí incorporarlo. El hecho que aparezca como tema sin ser preguntado daría cuenta de que no está naturalizado, sino por el contrario, sería algo que les incomoda a ellos. Al preguntar sobre el tema específicamente, la recurrencia era que siempre habían sido testigos de situaciones de violencia, pero ninguno asumió haber sido agredida/o o haber sido agresor. Los hechos remitían a situaciones en la calle, en el boliche o en el barrio. Es entendible que si era un tema tan vigente, ellos hubieran sido parte de situaciones de este tipo, pero que por una cuestión de pudor o falta de confianza ante un entrevistador que recién conocían, no se hayan explayado en situaciones personales. Al profundizar en los motivos por los que los varones ejercerían violencia sobre las mujeres, muchas veces se dificultaba la respuesta y en la repregunta lo que aparecía era lo que sí creo que se emparienta con la naturalización, en cuanto a discursos hegemónicos que legitiman la violencia: “Y, pasa que si el novio le dice que no use tal o cual ropa, y ella la usa igual, qué se yo…” o “si él le dice que no quiere que se mensajee con un flaco o que no quiere que lo vea, y ella lo hace igual…” Hasta quienes criticaban fervientemente la violencia, comenzaban a dudar de esa crítica, a la hora de pensar los motivos que causaban esos actos violentos. No aparecía ahí, la autonomía de la mujer, sino por el contrario, la mujer sujeta al novio.

–¿La violencia en el noviazgo está naturalizada tanto por varones como por mujeres?

–Con la salvedad de la respuesta anterior, digamos algo así como una naturalización en segundo plano, entiendo que sí, que en los varones está más naturalizada. En las mujeres creo que lo que aparece son resistencias a un modo de vivir que no las seduce. Es importante en relación a esto, la siguiente comparación: de todas las mujeres entrevistadas, ninguna se imaginaba de grande viviendo en el barrio, mientras que todos los varones entrevistados sí se imaginaban viviendo en el mismo barrio. Lo que entiendo es un malestar de las mujeres se hace presente a la hora de proyectarse. Por otro lado, en el espacio público, sólo pude entrevistar a una mujer, el resto en la escuela o en instituciones. Los varones habitaban la esquina, la cancha de fútbol, la parada en el kiosco. También ahí creo que aparece una naturalización del varón ocupando determinados lugares, que no le son posibles de ocupar a la mujer. Y que la mujer, al menos en la dimensión proyectual, intenta escaparse de esa especie de “prisión”. De este modo, creo que es posible de entender que ante la aparición de situaciones de violencia, con lugares asignados en forma tan despareja para ellas y ellos, las mujeres no aceptan una naturalización de la violencia masculina sobre ellas.

–En varios relatos se asocia ser maricón con ser machista. ¿Cómo es eso?

–Esta asociación a mí también me llamó mucho la atención. Creo que en lo personal me interpeló en la medida que uno suele pensar en forma lineal y simple: quien tiene respeto por la mujer, tiene también respeto por la diversidad sexual. Aquí, la lógica parecía ser otra: maricón es no ser hombre, y el hombre no debe pegarles a las mujeres. Por lo tanto, quien le pega a las mujeres no es hombre, es un maricón porque les pega a las mujeres (entendiéndolas como más débiles) en vez de pegarles a otros varones (entendiéndolos como fuertes). Otra de las cosas a deducir, el hombre para ser hombre debe pegar, debe ejercer violencia. Pareciese que una masculinidad sin violencia no sería tal. Otra cuestión que suma complejidad es que aparece en gran medida el respeto por la diversidad sexual. Maricón no es lo mismo que homosexual. La gran mayoría de varones y creo que todas las mujeres, hicieron mención a la aceptación de la homosexualidad, y en varios casos hasta cierta idealización de que el homosexual es bueno, entendiendo que por el solo hecho de ser homosexual es aquel con el que se puede contar siempre. Solo un grupo de tres varones, de entre 13 y 14 años –los más jóvenes de los entrevistados– fueron muy críticos con la posibilidad de esa aceptación, de la misma forma que tenían un discurso extremadamente misógino. Tal vez ese extremismo en sus respuestas, tenga que ver con cuestiones propias de esa edad… pero ese sería todo un tema más específico a indagar.

–En los relatos en torno a la violencia distinguen entre los que hablan de violencia como responsabilidad individual y los que la ven como la manifestación de una crisis estructural. ¿A qué se refieren cada uno?

–Parto de la idea que la violencia es siempre una expresión social en un terreno o ámbito familiar. Pero en los discursos me parecía que se podía distinguir las responsabilidades encontradas por los entrevistados en esos dos marcos: la responsabilidad individual, por ejemplo, cuando la explican a través de los celos y donde los celos son vistos como una particularidad de esa persona. Por otro lado, al hacer mención a la manifestación de una crisis estructural, aparecerían cuestiones como el machismo. El machismo no sería visto como algo personal, sino como algo social, a la vez que se hace mención a la disminución de la hombría en quien pega. Lo que aparece ahí, es la mirada social que pone el límite, y reclama que para “ser hombre de verdad” no debe pegarle a una mujer. Y la idea de crisis, la entiendo a partir de que esos hombres y esas mujeres, mientras no puedan encontrarse sin que medie entre ellos una relación de jerarquía masculina, estarán siempre viviendo en medio de una tensión.

–¿Los y las jóvenes buscan alternativas a las relaciones violentas?

–Entiendo que en gran parte sí. Quizá no sea un tema que les preocupa en forma tal de tomar cartas en el asunto permanentemente, pero no es un tema que les resulte cómodo para nada. Creo que las salidas son en todo caso coyunturales y ante cada situación en las que se encuentran. Pienso en una de las entrevistadas que relata cómo su hermano le pegó una cachetada a la cuñada y la reacción negativa de la familia para con él y de la propia entrevistada para con la cuñada, advirtiéndole que si una vez le pegó, seguramente volverá a repetirse, y que eso no lo puede permitir. O, por otro lado, cuando un joven se encuentra sin saber cómo reaccionar, al separar una pareja que se está peleando en la calle, y el propio joven recibe una cachetada de ella, por meterse en algo que no le corresponde. Son todas situaciones difíciles, pero de igual modo intervienen, no siendo indiferentes y sabiendo que no está bien relacionarse en forma violenta. Uno de los entrevistados afirmará, justamente, intentando encontrar salidas a la violencia: “Que (el hombre) hable, ¿para qué tiene voz?”.

 

Sonia Santoro

Sonia Santoro

Periodista y escritora argentina. Licenciada en Comunicación (UBA) con un diplomado en género y comunicación (Instituto José Martí, Cuba). Escribe en el diario Página/12. Escribió los libros "Periodismo con G. Entrevistas en perspectiva" y "Y un día me convertí en esa madre que aborrecía". Coordinó los cortos documentales "Políticas en los medios" y "La mujer mediatizada. Presencia Femenina en los medios argentinos". Editó los libros "Las palabras tienen sexo. Introducción a un periodismo con perspectiva de género" y "Las palabras tienen sexo II. Herramientas para un periodismo de género". Fue presidenta de la Asociación Civil Artemisa Comunicación.

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