Estudios

Las mentiras del patriarcado

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Caminaba por Av. de Mayo una calurosa mañana a inicios de 2015 cuando me topé con una vidriera llena de carteles coloridos, fileteados, pintados a mano. Bien ubicado en el centro lucía uno con el refrán popular: Si la mujer fuera buena, Dios tendría una.

No pude evitar detenerme… Otra vez el desprecio disimulado en un intento de humorada. Esta vez me impactó más, tal vez, porque esa misma mañana una joven había subido a Facebook una foto con su cara desfigurada por los golpes que le dio su novio, un fortachón atlético con músculos agrandados por las pesas y los anabólicos. Una semana antes, una jovencita de 15 fue asesinada en una playa tranquila de Uruguay.

A pesar de esas noticias y del aumento de mujeres que denuncian estar sometidas a diferentes expresiones de violencias se insiste en nuestra sociedad –y en otras– en la idea de que mujeres y varones hemos llegado ya a la igualdad y que, entonces, las argumentaciones acerca del valor de los feminismos y el periodismo especializado en derechos humanos de las mujeres han perdido razón de ser. Renovadas, las mentiras del heteropatriarcado logran que otra vez compremos espejitos de colores.

Los hechos que relato y sobre todo el cartel con la frase en el centro de la vidriera aceleraron la decisión de escribir estas reflexiones que durante años fueron, y siguen siendo, el eje de mis columnas periodísticas en la radio y en la televisión.

La frase de Aristóteles: “El amo es superior al esclavo, el adulto es superior al niño, el varón es superior a la mujer” acompaña mis presentaciones y clases desde siempre, tanto que ya me acostumbré a verla y ya no me sorprende. Eso nos sucede. Nos acostumbramos tanto que ya no nos sorprende porque la costumbre anestesia.

Aquellas máximas aristotélicas que parecen tan lejanas mantienen su potente eficacia en la actualidad, solo que nos es difícil darnos cuenta porque, si fuéramos conscientes de la vigencia de esas ideas que señalan superioridades, esa manera orgullosa de mirarnos como se mira a sí misma una sociedad que ha logrado romper las cadenas se haría añicos.

Vivimos un espejismo de igualdades que apoyándose en logros reales y avances inequívocos desmienten que están vivas la cultura androcéntrica, la mirada machista y la valoración estereotipada de roles a los que se hace aparecer como determinados por la naturaleza. Así, el sistema logra que también nosotras, sostengamos las mentiras del patriarcado a pesar de la intuición del daño.

El Informe del Banco Mundial presentado en Washington en 2014 le pone cifras a estas cuestiones: más de 700 millones de mujeres son víctimas de diferentes formas de violencias de género en el mundo. Otro de los datos alarmantes con que nos encontramos es, que si la tendencia actual se mantiene, en el transcurso del próximo decenio, más de 142 millones de mujeres serán casadas, sin su consentimiento, antes de cumplir los 18 años. Entre otras cuestiones, indica que sobre un grupo de 33 países en desarrollo el 41% de las mujeres aseguran que no se animarían a pedirle a su pareja masculina que use preservativo. La igualdad es todavía un concepto lejano para ese 41% que, sin embargo, diría que goza de libertad sexual.

El informe también señala que solo el 22% de los parlamentos y el 5% de las Alcaidías del mundo están en manos de mujeres por lo que queda claro que están subrepresentadas en el mundo de la política partidaria. Sin entrar en el detalle acerca de si desde sus bancas esas mujeres se ocupan de la agenda de los derechos humanos de las humanas, podemos observar que hay una subrepresentación cuantitativa de mujeres/bancas, pero hay otra representación poco estudiada de banca/agenda de género que incluya herramientas para detectar el corte androcéntrico que contamina el sistema legislativo.

La jurista Alda Facio explica que la mayor parte de los mecanismos que se han establecido para hacer valer los derechos humanos, se han desarrollado a partir de un modelo masculino; así, las necesidades y circunstancias específicas de las mujeres se excluyen y esto tiene un efecto discriminatorio aunque que no se vea de forma explícita.

Que también  legisladoras y legisladores usen las “lentes violetas de género”es un consejo que sostendremos a lo largo de este texto.
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En Argentina carecemos de estadísticas oficiales, disponemos, en cambio, del excelente trabajo que desde el año 2008 realiza la ONG La casa del Encuentro que releva sus informes anuales de lo que se publica en algunos medios de comunicación. Sus resultados coinciden con el informe del Banco Mundial que señala que cada tres días una mujer es asesinada, en un altísimo porcentaje, por un varón que pertenece a su círculo de conocidos: marido, ex marido, novio, ex novio, amante, ex amante, concubino, ex concubino. Si estos datos surgen de lo que se publica, no es arriesgado suponer que la cifra podría ascender a un feminicidio diario en el país.

Les propongo meternos en un mar de oleaje contundente. El diario que leemos cada día, la televisión que nos acompaña, aun cuando critiquemos hasta el hartazgo sus productos, la radio y su misoginia sin disimulos, llevada al extremo de carecer estadísticamente de conductoras en horarios centrales en las 10 radios más escuchadas, en definitiva, los medios masivos de comunicación que disputan nuestra atención van a ser junto a los textos de grandes maestras feministas la vía regia sobre la que haremos visible lo invisibilizado.

¿Por qué hablamos de géneros, de patriarcado y de violencias basadas en géneros? No es lo mismo decir sexismo que androcentrismo, términos que más adelante serán definidos y diferenciados, ya que son conceptos que nos van a acompañar a lo largo de este recorrido. La historia de las civilizaciones no registra la misoginia como una discriminación sino como una natural construcción de sentidos comunes. Se consideraba perfectamente normal que las mujeres no votaran, no opinaran públicamente, no heredaran o manejaran dineros, cheques, empresas, más aún, era

aún en algunos rincones del planeta) que las mujeres no supieran leer o escribir porque les estaba tácita o expresamente prohibido. Y esa prohibición está incorporada en la subjetividad de estas personas, mujeres que todavía hoy nacen “sabiendo” que hay un mundo con privilegios que será para los varones y otro, muy diferente, para ellas. Por supuesto, en este punto podremos hacer divisiones según países o según clases sociales pero lo sorprendente es que con diferentes texturas e intensidades las desigualdades persistan.

En este marco naturalizado y universal, las grandes religiones del mundo, también han visto a las “no varones” como impuras o como seres que no alcanzan la dimensión espiritual imprescindible para guiar ceremonias que expresan la voluntad de cada dios, siempre masculino, claro. Si en la época clásica a las atenienses se las obligaba a permanecer en sus casas y en la edad moderna se cometió el mayor genocidio de la historia con la caza de brujas, eso no fue entendido, sino hasta hace muy poco tiempo, como un ejercicio de denigración y violencia extrema, producto del machismo, la misoginia y el ejercicio pleno del poder que emana del sistema patriarcal .Y  como todo poder no se detiene ante nada para mantener su vigencia.

Hoy estos hechos tienen nombre propio y libros que hablan de su especificidad: odio de género, crímenes de odio, sociedades patriarcales que niegan que las mujeres sean sujetas de derecho. En la actualidad prácticas descriptas en el informe del Banco Mundial como el velo (que cubre la cabeza y parte del rostro), la burka (que solo permite una pequeña ventanita a la altura de los ojos), la reclusión, la clitoridectomia, incluso los matrimonios forzados a edades muy tempranas, son expresiones de culturas que niegan explícitamente que las mujeres tienen derechos: a elegir, a estudiar si lo desean y a casarse o no con quien quieran.

Sin embargo, siguen siendo leídos por algunas academias en clave de “lo cultural”. De esta manera, aceptan por ejemplo, que se llama matrimonio a un acuerdo del que la decisión y el deseo de la mujer han sido excluidos, sometiéndola de por vida a una forma encubierta de esclavitud.

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Los datos señalan la desigualdad de géneros de modo contundente, UNICEF, que como sabemos se ocupa de la infancia, informa que de 120 millones de personas que no van a la escuela; la mayoría son niñas; una información de carácter público que le da razón de ser a la frase de George Orwell: “se requiere una lucha constante para ver lo que uno tiene delante de la nariz”.

Hace pocos meses estremeció al mundo la noticia de que un grupo llamado Boko Haram secuestrara a más de cien niñas cuyo delito ha sido estudiar, aprender a leer y escribir según las pautas occidentales; pero el origen del atentado es, sin duda, su condición femenina. Y, sin que el mundo se detenga ni un instante, el líder de ese grupo ha declarado, un mes después, que las familias ya no deben preocuparse –por esas niñas secuestradas– ya que se encuentran muy bien, han regresado a los caminos del Islam y están felices con sus maridos. Las niñas fueron vendidas a varones que usarán de sus servicios sexuales, domésticos, y se servirán de su condición de reproductoras. Si bien las cifras son confusas, a partir del 21 de abril de 2014 ya había doscientas treinta y cuatro jóvenes desaparecidas. Las víctimas que lograron escapar relataron que las estudiantes se vieron forzadas a casarse con integrantes de Boko Haram o puestas a la venta por 2.000 nairas (12,50 dólares) ¿Cómo hubiera reaccionado el mundo si los secuestrados fueran cien jóvenes varones deportistas occidentales?

Todo lo que acabo de describir es o parece ser, lejano o antiguo ¿verdad? nada de aquello parece suceder en estas zonas del planeta donde, como si fuéramos sociedades igualitarias, nos encontramos con mujeres presidentas, gerentas, maestras y directoras de escuela, senadoras, doctoras e incluso juezas de las cortes más importantes, sin embargo… ningún prejuicio ha resultado ser tan duradero, tan global, ni tan persistente como el odio y la descalificación a las mujeres por su condición de tales y ningún sistema ha sido tan eficaz en crear mentiras al servicio de su propio beneficio y por el reaseguro de su continuidad.

Quizás sea esa persistencia y esa naturalización lo que lo ha convertido en invisible, incluso o  principalmente, para los ojos de las propias víctimas.

Lo que hoy nos resulta inadmisible era perfectamente natural hace muy poco tiempo, por ejemplo, el voto femenino, que en Finlandia se consiguió con mucho esfuerzo y venciendo enormes resistencias en 1906, en España en 1931 y en Argentina recién se consiguió en el año 1947, con un antecedente fugaz: en 1927 la constitución sanjuanina había dispuesto por primera vez en la Argentina los mismos derechos y obligaciones electorales para mujeres y varones. En 1928 votó el 97% de las inscriptas y Emilia Collado fue elegida Intendenta de Calingasta, el sueño realizado duró poco y hubo que esperar 25 años más para volver a votar; es decir, en el siglo XX que acaba de finalizar. Las sufragistas entonces eran llamadas locas, todavía no son reconocidas como heroínas y en nuestras escuelas no se estudian ni sus vidas ni sus ideas, no se conocen sus nombres ni sus modos personales de incluirse en el terreno de lo público.

El compromiso de los feminismos y del periodismo con enfoque de derechos es que dentro de unos años, ojala que pocos, resulte inadmisible que en el inicio del siglo XXI, las mujeres, aún no accedan libremente al aborto o a igual salario por igual trabajo como veremos a lo largo de los diferentes capítulos.

Según el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas (PNUD), las mujeres realizan el 66% del trabajo en el mundo, producen el 50% de los alimentos, pero solo reciben el 10% de las ganancias y apenas son dueñas del 1% de las propiedades. Si buscamos en los periódicos en secciones como política, economía, deportes es difícil responder a la pregunta: ¿Y las mujeres dónde están?

Por cierto es mucho más difícil  si creemos en la teoría de que ya conseguimos la igualdad, responder a: ¿Y por qué no están? No están, porque el poder del patriarcado está vigente y no lo notamos porque allí actúa la ilusión de la igualdad, que sin inocencia impide ver esa realidad que nos llevaría a hacernos estas preguntas.

Porque nada mejor que no reconocer el impedimento como un cuerpo extraño para que nadie intente quitarlo.

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No se trata de una lucha de poder entre varones y mujeres, aunque hay quienes insisten en describirlo así. Se trata de un sistema que nos involucra y nos modela, que ha tomado a los varones como el eje sobre el que pivotea la historia, la gran historia y la pequeña, la de cada día, la de una mujer diciendo: “ya vas a ver cuando venga tu papá” o la de otra sintiendo que un varón la protegerá o la de la modelo de moda (ahora está de moda publicar lo que opinan las modelos) diciendo: “Lo amo porque me contiene”. El verbo contener es de uso clásico cuando se trata de las “emociones femeninas”. ¿Pero qué habrá que contener?

El mayor éxito del heteropatriarcado universal ha sido convertir a la mayoría de las mujeres, en sus mejores voceras más allá del lugar que ocupen en la sociedad ¿Y por qué? ¿De qué otro modo podría ser?

Mientras estemos convencidas que hay cosas que “ellos” deben hacer mejor y otras para las cuales “nosotras hemos nacido”, como cuidar, maternar, amar al prójimo, intuir, manejar electrodomésticos, el cambio seguirá estando lejos.

Como ejemplo recordemos que fueron muchas congéneres las que se opusieron al derecho al voto considerándolo un desatino en tiempos de las llamadas sufragistas, o suelen ser las mujeres las que con más virulencia se oponen a legalizar el aborto aunque sean muchas otras mujeres las que sufren maternidades forzadas, e incluso, mueren por no acceder legítimamente a él. Con esto quiero señalar que en un sistema que nos obliga a pensarnos en términos de “ellos o ellas”, “quién gana y quién pierde”, “¿quién decide?”, “¿quién es jefe/jefa de hogar?” pensarnos con otros modos o formas de resolver conflictos es un desafío que da vértigo, pero que es necesario afrontar para lograr una democracia real donde las mujeres dejen de ejercer una ciudadanía con derechos limitados o sin derecho alguno. Y donde los varones y las instituciones ya no naturalicen el ejercicio de ese poder.

Un ejercicio, el de la ciudadanía, que como tantas otras cosas debería iniciarse en el acceso ilimitado a una educación con criterios inclusivos configurando un movimiento hacia la igualdad cuyo comienzo formal podría ser la escolaridad que en Argentina es gratuita y obligatoria, para que la paridad sea real.

La escuela del siglo XXI reproduce, en América Latina, los estereotipos del siglo XVIII. Los actos escolares no muestran jamás a nuestras heroínas, que las hubo y muchas, ni a la totalidad de las personas que participaron activamente en la construcción de la historia. Entrar a una juguetería nos lleva sin escalas a la división sexual del trabajo anticipándose en las góndolas, unas rosas y violetas con cocinitas, armado de bijoux y maquillajes “para ser Barbie, princesa o bonita” y otras azules donde hay camiones, soldados y legos para armar.

Si este es un síntoma del sistema que expresa la intencionalidad de marcar claras y las más de las veces absurdas diferencias entre personas por su sexo, veamos cómo se refuerza en el campo de las cuestiones jurídicas.

En el siglo XIX, en occidente, la mujer era condiderada incapaz de realizar actividades públicas si no estaba casada civilmente. Por supuesto, hubo excepciones que las historias recogen y muchas más que no están en los libros, pero la norma de época era de sumisión pública y privada a la autoridad masculina… considerada natural. Las resistencias que las hubo, están poco documentadas.

Para la Common Law inglesa la mujer pierde su individualidad, que es absorbida por el marido y de acuerdo con una expresión de Blackstone: “El marido y la mujer son uno y ese uno es el marido”.

Por otro lado, la legislación francesa en el artículo 213 de su Código Civil dice: “El marido debe protección a su mujer y la mujer debe obediencia a su marido”. Bonaparte, preocupado, exigió que en el momento de contraer matrimonio se hiciera una lectura pública de ese texto para que “en un siglo donde las mujeres olvidan el sentimiento de inferioridad se les recuerde con franqueza la sumisión que deben al hombre que se convertirá en el árbitro de su destino”.

Es frecuente encontrar tanto en las legislaciones como en las revistas de moda la noción de “protección” este concepto que en este contexto señala (¿enseña?) la necesidad de la mujer de ser protegida y el mandato al varón de protegerla.

Cuanto más se estudia la historia con perspectiva de género, mejor se entiende que los riesgos mayores los ha vivido la mujer, (y sigue siendo así) en el seno de su propia familia o de su comunidad, pero no era esta la necesidad de protección que se imponía y de la que se hablaba sino de aquella que las alejaría de los peligros que, seguramente, según decían, correrían en el mundo público.

Considerada hasta hace muy poco incapaz e inestable a merced de sus hormonas, la obligación heteropatriarcal del varón era protegerla pero ¿de qué? ¿De sí misma y de sus desatinos?, ¿de su falta de criterio? ¿O de su inventada imposibilidad de entender cuestiones complejas? Si leemos con atención los mensajes de las revistas que hoy exhiben los kioscos o nos detenemos una tarde, sumergiéndonos, en las novelas de la tele o incluso si asistimos a los actos escolares, el concepto ya no nos resulta tan ajeno ni el asunto parece cosa del pasado. “Quiero un hombre que me proteja…”, “Lo amo porque me contiene…” son frases que escuchamos con frecuencia de mujeres que exponen su vida privada y se ofrecen como modelos de libertad e igualdad.

La inoculación fue exitosa. La sensación de estar protegida por un varón en un vínculo heterosexual sigue siendo el ideal romántico el canto de la sirena, la mentira patriarcal. El propósito del heteropatriarcado no es cuidar a la mujer de los peligros exteriores sino cuidar el patrimonio que le pertenece… para que siga perteneciéndole. Es ante la amenaza de perder ese, poco explicitado, título de propiedad que se producen los verdaderos peligros.

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En casi ninguna plataforma electoral de los partidos mayoritarios el tema de la igualdad  y equidad entre géneros parece ser prioritario. Cuando se habla de atacar la inseguridad, se evita incluir el riesgo que corren las mujeres en su propia casa o con sus vinculaciones más cercanas, afectivas o laborales, a pesar de las estadísticas indiscutibles, tanto nacionales como internacionales, que confirman que mueren más mujeres o quedan dañadas física o emocionalmente de modo más severo y en mayor cantidad por violencia machista en su ámbito privado que por las consecuencias de robos, hurtos y asaltos callejeros cometidos por extraños. “Vamos a luchar contra la violencia de género”, dicen quienes se candidatean en campañas electorales ahora que el tema es políticamente correcto, pero no dicen “vamos a deshacer la desigualdad que la genera”.

Aunque el Banco Mundial habla de porcentajes elevadísimos de violencias basadas en géneros y Ban Ki Moon (secretario general de la ONU) ha señalado el tema como de mayor preocupación para el sistema de Naciones Unidas,los partidos políticos no toman este asunto como slogan de campaña. Y algunos, incluso, lo consideran “ahuyenta votos”. Afortunadamente hay otros modelos como el de Suecia o Islandia que nos indican que es posible acercarse a la equidad.

Aquella naturalidad (con que en el siglo XIX se vivía llamando “sufragio universal” a un sistema eleccionario que no incluía a las mujeres) persiste en las cifras alarmantes de violencias en todas sus expresiones generadas por desigualdades estructurales sin que a la “Gran política” le haga mella. Y sin que la sociedad en general tome conciencia de la importancia de exigir la inclusión de propuestas adecuadas en la agenda electoral.

El periodismo (con excepción del especializado en géneros) tan incisivo con algunos temas, sin embargo, no incluye en las entrevistas a quienes pretenden representarnos, preguntas que pongan en claro la posición que adoptarán en caso de llegar al lugar al que aspiran: ¿Qué opinan acerca de la legalización del aborto? ¿Qué harán para que las leyes se cumplan? ¿Qué opinan sobre el déficit del presupuesto para la construcción de lugares de atención de bebés ya que cada vez más quienes se encargan de los cuidados primarios trabajan fuera de su casa? ¿Cuál será el mecanismo de elección de personas en puestos claves? ¿Aceptaría al frente de un Ministerio a una persona trans?

Es imprescindible revisar el mensaje que nos dice que ya el feminismo (los feminismos) es una cosa pasada de moda, que no tiene razón de ser, o bien, como me dicen enojadísimos algunos twitteros: “al fin de cuentas somos iguales y a los hombres no se nos escucha y se nos dictamina culpables por la sola condición de la testosterona”.

El intento de igualar machismo y feminismo, es expresión de desconocimiento en algunos casos o estrategia judicial en muchos más como veremos en los diferentes capítulos de este libro. En ambos casos al servicio de negar lo obvio: que el machismo mata y que jamás en la historia se ha cometido un ataque ni ha habido una muerte en nombre del feminismo.

Por el contrario, el feminismo es considerado como el movimiento pacifista más revolucionario de todos los tiempos, es un posicionamiento y una práctica política inclusiva profundamente igualitaria que sostiene que los derechos de las mujeres, histórica e injustamente negados o invisibilizados, son imprescindibles para la construcción de una sociedad verdaderamente democrática.

También exige reconocer a las mujeres como ciudadanas plenas y señala que el cumplimiento de los derechos debe identificar las diferencias ya que no son los mismos derechos sino los derechos que cada quien necesita. No partimos de suma cero, partimos de desigualdades históricas y naturalizadas. Y por fin, el feminismo desata el nudo que nos encadena aún a nuestro cuerpo y a sus funciones potenciales como a un destino inexorable: Ovarios + útero + hormonas adecuadas = madre naturaleza.

La mujer que decide no ser madre o no seguir este mandato es señalada como desnaturalizada (por fuera de la naturaleza). En cambio, aquella impedida por circunstancias fuera de su control voluntario, es una mujer merecedora de compasión y pena, a la que se la presume: “no realizada”, dando por hecho que la realización de una mujer, de todas las mujeres, es la maternidad. La mentira del patriarcado no termina allí. Cambia de texto cuando logra que paternar no parezca, en cambio, un hecho de la naturaleza. Un varón que no es padre no luce como un pobrecito que merece especial consideración por no lograrlo ni mucho menos rechazo por no desearlo.

O sanción social por abortar, dado que los varones abortan no haciéndose cargo del producto de su 50% de responsabilidad, ya que hasta aquí son tan imprescindibles para el inicio de la gestación tanto el óvulo como el espermatozoide. La carga y la culpa recae sin miramientos sobre quienes albergan, con o sin su consentimiento, el proceso de gestación dentro de sí: las mujeres.

La desigualdad se esconde en los pliegues de lo naturalizado y es convertida en jerarquía.

El machismo es un ejercicio de descalificación que supone que el varón es superior a todo lo que sea “no varón”, pretende que “mujer” sea igual a naturalmente servidora, paridora, cuidadora y que esto también incluya el servicio de gerenciamiento doméstico.

El machismo avanza atropellando ,acumula cadáveres de mujeres que creyeron que amar bien era aguantar de modo incondicional porque eso es lo que le enseñaron y aprendieron durante siglos y para evitar el castigo se obligaron a acatar el mandato buscando formas de resistencia que no incluyeran la ruptura o la huída , hasta que no pudieran más.

La historia oficial los ha hecho, a los violentos y a las violencias, acreedores a una infinita impunidad, apoyándose en instituciones como la justicia patriarcal y la educación androcéntrica que así se convierten en sostén del sistema heteropatriarcal que los necesita para sobrevivir.

No desciende el número de feminicidios a pesar de las leyes, por el contrario, aumentan los ataques con ácidos en algunos países como Colombia y se extiende, en el mundo, el no castigo para los abusadores sexuales al mismo tiempo que crecen las represalias hacia las mujeres que los denuncian e intentan hacer valer las palabras de niñas y niños víctimas de abuso. La desigualdad también se hace presente en la brecha salarial que sigue existiendo, en la ausencia del derecho al aborto legal en países que se llaman laicos y democráticos.

La  reacción que se observa en el mundo es brutal frente al avance en los logros de los derechos femeninos y de las comunidades GLTTTBIQ, porque, entre otras cosas, convocan al fin de esa impunidad.

Lograr estos objetivos requiere de modo imprescindible el compromiso de la sociedad en su conjunto. Hablar, señalar, exigir es un ejercicio de ciudadanía y democracia.

Cada vez se suman a este posicionamiento democrático más varones que dicen: “yo no soy ese”, “no soy así”, “no quiero ser tu socio, tu cómplice, tu encubridor”. Si la corporación masculina empieza a rasgarse, si algunos varones ya sienten que no pueden ni deben imponer sus deseos y necesidades aunque “así haya sido siempre, por lo tanto, es natural” estamos, y no tengo dudas acerca de eso, en el camino correcto. Las mentiras empezarán a disolverse al calor de verdades irrefutables que, por fin, se harán visibles para todo el mundo.

Cuando miramos el recorrido podemos decir, junto a Miguel Lorente Acosta, no es que la historia se repite es que algunas cosas aún no cambian.

Podemos inventar otras condiciones para el futuro y para eso es importante no dar por terminada la tarea, no comprar los espejitos de colores de la igualdad para lograr que la situación efectivamente cambie.

Y sobre todo, me importa señalar que todo lo conquistado, poco o mucho, según dónde pongamos el dedo en el mapamundi, fue y sigue siendo gracias a la constancia, la lucidez y el coraje de mujeres que se opusieron a estos mandatos y se plantearon dignas de derechos, el derecho a elegir, a opinar a decidir en primer lugar sobre sus propias vidas y también a los varones, escasos en el inicio, que acompañaron el camino.

Para asomarnos a construir algunas respuestas a las preguntas que nos hacemos desde el inicio: ¿dónde están las mujeres? ¿Y por qué no están aquí?, tenemos primero que mirar este recorrido y evaluar sus consecuencias. Los feminicidios no son sucesos aislados,

personales, producto de una mala relación, una patología del varón o una excesiva complicidad/goce masoquista de la víctima. Esos asesinatos tienen factores en común, la condición/posición política femenina de la víctima y la necesidad disciplinadora del sistema garante del orden patriarcal.

Pensar las violencias como expresión de la estructura de esta sociedad, mostrar la dimensión política y pública de los crímenes es lo que nos permitirá, por fin, cambiar el presente. Recuperar los testimonios de quienes se animaron a hacer pública su situación o la historia de aquellas que ya no pueden hablar es también un objetivo de este recorrido para lograr, además, desnaturalizar conceptos habituales que no hacen más que culpabilizar a las propias víctimas justificando con explicaciones insólitas a golpeadores, abusadores o feminicidas ya que tanto en la justicia, como en los medios de comunicación se obvia el carácter estructural de esa violencia que cae sobre la condición mujer y no sobre el rol que ejerce, es decir, no es por esposa, madre, novia, empleada, que se la acosa, se la castiga, se la viola sino porque es una mujer o se muestra siéndolo. Y esa no es una condición biogenética sino una posición política siempre sospechada por el poder.

Si para tranquilizarnos lo ubicamos en el ámbito de lo privado, de lo doméstico o peor aún del amor, no tendremos jamás la opción de la justicia, la sanción efectiva y reparadora y el cambio de los paradigmas que lo sostienen. El ámbito privado perpetúa el orden patriarcal establecido, el de Bonaparte, el de las mujeres griegas, el de la quema de brujas en la hoguera; el del “no te metas que es cosa de ellos”, o “ella sabrá por qué se queda”, “tal vez le gusta”.

Es justamente porque la desigualdad es estructural que habilita aceptaciones o falsas explicaciones que no existen con otro tipo de violencias externas como, robos callejeros, choques o atentados, como tan claramente explica el Juez Carlos Rozanski en su entrevista.

Desandar la historia en su versión heteropatriarcal y seguir el camino que trazaron pioneras investigadoras será el objetivo de este libro. Porque no nos importa que “siempre haya sido así” o tal vez por eso, para que ya no sea así es que escribimos, porque la escena de la escritura es la escena del pensar, en este caso, para cambiar. Y el escenario que nos planteamos es el de los derechos humanos, el de la democracia real, el de la participación concreta sin limitaciones impuestas por razón de género.

Hemos logrado “hacer visible lo invisible y mostrar hasta qué punto lo personal es político”, por eso cada capítulo está sostenido con una historia real, actual, pública o inédita, en primera persona.

Somos los nudos que refuerzan las redes que tejemos desparejas y a destiempo, sin mapas que nos guíen con certezas. Como en aquellos juegos de niñas nos pasamos el toque que habilita a la que sigue. Nos temen, leí por allí, quienes saben que venimos, por fin, a tomar nuestra porción en el banquete de la vida, sin embargo, les decimos que no teman que habrá suficiente si es mejor el reparto. Lo que ya no queremos es sostener mentiras, las mentiras del patriarcado.

*Fragmento del libro Violencias de Género, las mentiras del patriarcado, Liliana Hendel, editorial Paidós, 2017.
*Las ilustraciones pertenecen a la periodista y artista plástica, Alejandra Benaglia.

Liliana Hendel

Liliana Hendel

Me recibí formalmente de Psicóloga y la vida me convirtió en Periodista. Feminista en cualquier circunstancia. Tengo la alegría de haber llevado los temas de géneros al ámbito de los noticieros en la televisión abierta. Me honraron con menciones y premios. Sigo, a pesar de las resistencias, porque lo personal es político y la historia la escribimos cada día. Esta vez no permitiremos que la borren.

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