Violencia de género

La fuerza de Romina

Foto: Télam
Foto: Télam

“El motor para vivir es reencontrarme con mis dos hijas y mi bebé”, dice Romina Olivera, protagonista de esta crónica porque es sobreviviente de un intento de femicidio con fuego, porque le hicieron 300 intervenciones, porque es la única que sostuvo un juicio penal contra el violento, y porque hace un año alguien consideró que no puede “ser mamá” y puso a sus niños más pequeños en lista de adopción.

Aunque su cuerpo aún necesita reconstruirse, la mujer está entera y lo cuenta en un parque del Conurbano, bajo los árboles para mitigar el calor y cuidar su piel herida.

Ella llega con su pelo cuidadosamente trenzado. Son decenas de pequeñas trenzas unidas en una final. Como su vida.

“No me pidas eso. No voy a hablar de ese momento. Lo pude poner en palabras gracias a la terapia y lo puse en acción porque acá estoy, me levanté y estoy haciendo todo lo que sea necesario para volver a vivir con mis hijos”, empieza la mujer de 32 años, dejando claro que no va a dar detalles del ataque con fuego de su ex pareja.

Ocurrió un domingo a la mañana, el 24 de marzo de 2012. Maia, su hija mayor que ahora tiene 11 años, corrió a pedir ayuda. Después todo es confusión para Romina, que recuerda tramos de los seis meses de internación, periodo “donde cada día y medio me subían al quirófano, y me mantenían todo el tiempo con morfina”.

El agresor está preso. Fue condenado en un juicio abreviado a ocho años de prisión por tentativa de homicidio. “Ella es la primera sobreviviente quemada que se sostuvo en un juicio penal donde se logró condena”, explica su abogado, Sergio Benatallada.

Es él quien comparte algunos detalles mientras Romina acepta que la fotografíen para la nota.

“Fue increíble lo que sufrió durante su internación. Tremendo escuchar sus gritos de dolor. Y en la clínica también vi la cantidad de mujeres quemadas que no se animan a denunciar porque el agresor se queda junto a ellas, las seduce, les promete que ‘nunca más’ o las sigue amenazando”, relata el abogado.

Cuando le dieron el alta médica se fue a vivir a una pieza; después alquiló una casita para vivir con Maia, Naila, que hoy tiene 4 años, y Santiago, de casi dos.

“Tuve y tengo mucha ayuda. El Consejo Nacional de las Mujeres me amuebló la casa. Me incorporé al programa Ellas Hacen.

Comencé a vender ropa y cosméticos. Estoy haciendo un curso de peluquería. Hago terapia con un psicólogo y una psicóloga que son amorosos. Armé una red con otras mujeres del Movimiento Evita, donde nos reunimos a hablar una vez por semana”, resume con intensidad y una sonrisa el proceso de reinicio de la vida.

Pero, el año pasado un equipo del Servicio de Niñez y Género de la Municipalidad de San Martín decidió que ella no podía hacerse cargo de sus hijos. Maia, hija de la primera pareja de Romina, fue a vivir con su papá. Los más pequeños están en un hogar convivencial en La Plata, a pesar de que su lugar en el mundo es San Martín.

“A partir de ahí hicimos una serie de presentaciones judiciales para que comience la revinculación de los chicos con su madre.

Pero pasó más de un año y ella no los puede ver, no se hizo Cámara Gesell, nunca una asistente social vino a su casa. Y hace un mes nos enteramos que los más pequeños están en condición de adoptabilidad”, alerta el abogado.

Entonces Romina se permite las lágrimas que intentó evitar hasta ahora: “Hago todo para que volvamos a estar los cuatro juntos. Esas personas que hacen informes socioambientales y nunca vinieron a mi casa, no conocen a la nueva Romina. Yo fui a cada entrevista a la que me citaron”.

Ella decidió ir a pedir ayuda a la Agencia Territorial de Acceso a la Justicia (Atajo) de José León Suárez, que depende del Ministerio Público Fiscal, cuya intervención, sumada a la del abogado, generaron un encuentro de la mujer con la jueza María Silvina D’Amico, titular del Juzgado de Familia Nº 4 de San Martín, que tiene su causa.

“La jueza me hizo sentir muy cómoda. Se asustó cuando me vio. Me pidió disculpas y me dijo que no sabía lo que me había pasado. Me explicó que los tiempos de la justicia son distintos a los nuestros, que la ayude, que sola no podía. Lo que me desconcierta es que se tarde tanto para que me permitan ver a las nenas y a Seba. Yo le estoy muy agradecida a la jueza y confío en que para Navidad ya vamos a estar en familia”, exclama Romina, casi, como un ruego.

Pudo ver a Naila y Sebastián dos veces en La Plata. La niña “se me tiró encima, me abrazó, pero el nene era un bebé cuando me lo sacaron, no me reconoció, lloró, entonces el informe que hicieron las profesionales dice que él me tiene terror”.

Romina tardó seis meses en volver a mirarse en un espejo, mientras Maia le curaba las heridas; su cuerpo quemado es visible, necesita más operaciones porque hay zonas que no tienen flexibilidad, pero “todo eso puede esperar: primero están mis hijos”.

En su reconstrucción, ella se permitió volver a amar a un hombre. Se llama Maximiliano. La acompaña a la entrevista, se preocupa cuando ella llora, trae agua.

“¿Sabés lo que me costó volver a relacionarme con un hombre? Y llegó él, que me ama. Porque ya aprendí que quien te ama, jamás te maltrata, ni siquiera de palabra”, afirma la mujer, mientras muestra fotos de sus hijos guardadas en el teléfono, fotos que su pareja convirtió en cuadros que ella colgó en las paredes que esperan a la familia.

Dice una leyenda maya que una mujer triste debe trenzarse el pelo para que el dolor quede atrapado allí, y deshacer las trenzas cuando la angustia cese. Romina, pura vida, aún tiene el pelo trenzado.

 

La nota fue publicada en: www.telam.com.ar

Silvina Molina

Silvina Molina

En el andar, pude encontrar la manera de comunicar sobre derechos humanos, sobre todo de nosotras. Creo en los andares colectivos, por eso milito en redes periodísticas donde transito con colegas de todo el mundo y coordino la RIPVG en Argentina. Aprendo, cada día. Y disfruto, porque hoy, es siempre. Trabajo en la Agencia de Noticias Télam.

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