Opinión

Identidades

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Seguramente de chico tenías pistolas de plástico y gozaste de varias películas donde los malos eran eliminados por el bueno. Probablemente en las escuelas el patio tenía mayor territorio para que juegues a la pelota, corras una mancha y quizá hasta para golpearte en una pelea mientras observabas a las chicas saltar el elástico y al sensible del grupo distanciarse de vos mientras eso te reafirmaba en un modo de ser varón.

En ese sentido, nuestras identidades están atravesadas por imaginarios sociales que inciden en nuestra forma de ver el mundo: mientras que a la mujer se le asignará el espacio de los sentimientos y del hogar; cocinita de juguete, papel glace rosa en el reparto de la maestra, un rincón del patio para la soga, como contrapunto del hombre que se lo espera que dominante, irruptivo, para luego volverse proveedor.

Estos discursos tienen su anclaje en nuestra histórica cultura machista, patriarcal, hegemónica y heteronormativa, la cual se fortalece mediante los discursos que circulan en la industria del entretenimiento. Las películas, las series, las publicidades, los juegos electrónicos y los juguetes van sedimentando formas de pensarnos a nosotros mismos. Es decir, mientras crecemos identificándonos con cierto género, asimilamos roles y naturalizamos prácticas.

Según la publicación Género y discriminación del Inadi, en nuestra sociedad se instituye un “modelo binario donde lo masculino es asociado inmediatamente a la negación de todo rasgo, valor o práctica vinculados con lo femenino”. En el mismo sentido la publicación sostiene que en ese camino del repudio a la otredad, “muchas de las situaciones que surgen en pos de hacerse varones, son prácticas violentas”.

Accionamos violentamente hacia otros varones para reafirmarnos como tales, desechando lo femenino en nosotros y colocando en el lugar de chivo expiatorio a aquellos que le dan espacio a otros modos de serlo.

En ese posicionamiento encontramos extremos de la violencia machista cuando ésta encuentra en la mujer ya no sólo el sujeto receptor de la misma, sino el sentimiento de posesión que quiere justificar lo injustificable. Como supo poner voz el maestro Galeano al referir al discurso de los asesinos: “La maté, porque era mía”. Y sigue ya él reflexionando: “El miedo de la mujer a la violencia del hombre, es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo”.

Es entonces el femicidio el reflejo extremo de la violencia machista, el asesinato de una persona por ser mujer. Según un estudio de La Casa del Encuentro, en la Argentina ocurre un femicidio cada 30 horas.

Por otro lado, el estudio de la Corte Suprema del año 2012 sostiene que sobre los 158 homicidios dolosos cometidos en la Ciudad de Buenos Aires: el 80 por ciento de los victimarios son hombres, el 4 por ciento mujeres y no se tienen datos en un 16 por ciento. Es decir, predominan marcadamente los asesinatos cometidos por varones. Paralelamente, el 87 por ciento de las víctimas de homicidios son masculinas. Por lo cual podríamos presumir que la resolución de conflictos entre hombres mediante la violencia pareciera ser una práctica naturalizada que debería ser por lo menos analizada.

A partir de los datos planteados, deberíamos cuestionarnos por qué los varones construimos nuestra identidad a partir de la violencia. ¿Cómo podemos desandar viejos surcos cargados de estereotipos de género y construir discursos nuevos que sean los pilares de otras subjetividades?

Podemos concluir que para construir una sociedad en la cual los conflictos inevitables se resuelvan en forma no violenta es necesario romper el paradigma binario de la mujer sensible y el hombre violento, desde los juguetes, desde las escuelas, desde los espacios simbólicos y reales: Debemos construir un mundo de iguales, que desande la dominación del hombre. Un mundo con nuevas masculinidades, de nuevos espacios que empoderen a la mujer y de nuevos modos de entender los géneros

En colaboración con Emiliano Samar, actor, director de teatro, docente. Referente Diversidad Sexual sindicato UTE/Ctera.

Roberto Samar

Roberto Samar

Licenciado en Comunicación Social. Docente de Comunicación Social y Seguridad Ciudadana.

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