Opinión

Eva Perón era una furia

madonna

Estaba escuchando por radio que el Comando de Organización firmaba el graffiti “Evita vive, fuera Madonna” en una pared céntrica de Buenos Aires, cuando levanté del suelo junto a la puerta una hoja plegada: una Casa de la Cultura Peronista del barrio llamaba a defender a Evita, “que es defender la identidad y la pertenencia de cada uno de nosotros…”

No pude evitar que me persiguiera todo el día la sensación contradictoria de rechazo pero también de pesar que la resurrección del CdO y la lógica de la Casa de la Cultura Peronista me dejaron.

La sensación estaba hecha de recuerdos muy dispersos: los métodos con que 20 años atrás el CdO defendía la “ortodoxia” peronista, que presagiaron los del terrorismo de Estado.

Recordé una tarde de hace casi cuatro años, en la que el Congreso aprobaba la ley de la privatización de YPF, y las radios hablaban de si el Sevilla contrataba a Maradona o no lo contrataba. De YPF ni una palabra. Nadie pasó ningún papel por debajo de la puerta llamando a recuperar el patrimonio público malvendido.

Yo tenía que ir esa tarde a dar una clase de Semiología, e YPF y el Sevilla me ayudaron a hablar del significado de lo no dicho, de su peso en el sentido de los mensajes. Recordé también la usurpación de la historia y los sentimientos que despertaba en muchos de quienes en ese momento estábamos exiliados la ópera rock Evita, aplaudida en Londres, Nueva York o Barcelona mientras en la Argentina gobernaba la dictadura militar.

Los no dichos de Lloyd weber, el autor de Evita, palidecen hoy comparados con los no dichos de la imagen oficial de Eva Perón, que la presenta como una Madre Teresa no de Calcuta, joven y rubia.

Porque Eva Perón no era Teresa de Calcuta. Ella sí que era un escándalo. Era un escándalo cuando clamaba: “Con sangre o sin sangre la raza de los explotadores desaparecerá de la tierra antes de que termine este siglo…”. Cuando agredía: “Pertenezco ineludiblemente a la ignominiosa raza de los pueblos”. Cuando acusaba: “’No podemos hacer nada’, dicen los gobiernos cobardes de las naciones sometidas”.

Los recientes defensores de la ortodoxia evitista, antes de ocuparse de su verdad histórica, se han dedicado a cuestionar la “moral” de Madonna. No dicen que Antonio Banderas no es el intérprete adecuado del Che, ni siquiera que Johnatan Pryce no puede representar a Perón. No, dicen que una “loca” (esa es Madonna) no puede representar a “una señora” (que viene a ser Evita).

La ironía es que están repitiendo contra Madonna los reparos “morales” del antiperonismo de los años 40: Eva Perón no era lo que ellos llaman hoy “una señora”. Y el clero, el ejército y la clase media decente usaron hasta el cansancio ese ataque canallesco para descalificarla.

Eva Perón, hija ilegítima, fue la mujer de Perón mucho antes de ser su esposa, y le dio por hablar en nombre de las mujeres y los descamisados sin esperar ningún encuadramiento institucional.

La prepotencia y la ignorancia de los grandes empresarios de espectáculos son irrelevantes hoy ante la peor omisión: la nuestra. La de esa Evita furiosa, que tal vez se hubiera ganado el respeto y el interés de Madonna, esa gringa escandalosa.

 

Nota de la autora: Esta columna de opinión fue publicada en el Diario Clarín el 7 de febrero de 1996, en plena era menemista, cuando el presidente Carlos Menem le facilitó el balcón de la Casa Rosada al equipo norteamericano que filmaba en Buenos Aires la versión cinematográfica de la ópera rock Evita, de Lloyd Weber, y que integraba entre otros Madonna, en el rol de Eva Perón. El partido de gobierno que aceptó la política de transgresiones a toda la tradición peronista del presidente Menem atacó a Madonna como una loca escandalosa, indigna del rol que le asignaron. Cualquier analogía con la banalización del balcón de la Casa Rosada, el silencio ante la venta de los recursos nacionales y con “los gobiernos cobardes de las naciones sometidas” no es pura coincidencia.

 

Marta Vasallo

Marta Vasallo

Licenciada en Letras en la UBA. Docente, traductora y periodista. Autora de Eclipse parcial, Buenos Aires, Simurg, 1999; En nombre de la vida, Católicas por el derecho a decidir, Córdoba 2005; La terrible esperanza, Buenos Aires, Colisión libros, 2014.

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