Derechos

Amor, tiza y libertad

Fotos: Constanza  Niscovolos
Fotos: Constanza Niscovolos

El invierno llegó helado, esa noche Flor, su pareja y la beba no durmieron. El viento soplaba impiadoso en la recova de Paseo Colón e Independencia, no había frazadas ni plásticos que lograran ampararlos del frío. La ranchada temblaba, todos despiertos, tomando mate, poniendo bolsas de agua caliente en los cochecitos de lxs bebxs, y protegiendo sus cuadernos de la llovizna.

A las 5 de la mañana se metieron en en la calidez de los túneles del subte, necesitaban dormir unas horas, recién fueron a la escuela al mediodía.

Lxs que llegaron temprano al Centro Educativo Isauro Arancibia, son lxs chicxs que viven en hoteles a los que -tras eternos trámites- accedieron por los escasos subsidios que durante seis meses otorga el gobierno de la Ciudad. La escuela funciona de 9 a 17hs.

“El Isauro”, como lo llaman en memoria del maestro tucumano asesinado por la dictadura el 24 de marzo de 1976, tiene guardería, primario, secundario y talleres para chicxs en situación de calle o en alojamientos precarios, asisten más de 350 alumnxs. Su directora, Susana Reyes, una bella mujer de mirada intensa que derrama ternura, fue secuestrada junto a su marido en 1977 y trasladada al centro clandestino El Vesubio, embarazada. Antes del parto fue liberada, su compañero continuó desaparecido. Ella dedicó su vida a la militancia docente y a la creación del Isauro, proyecto que se inició en 1998 a instancias de la CTERA y la CTA nacional.

Desde 2009 comenzaron una larga lucha para conseguir un edificio propio, y en 2011 lo obtuvieron en Paseo Colón 1318, tras eternos trámites ante el gobierno de la Ciudad. Pero desde hace dos años el gobierno pretende demoler el Arancibia para extender el recorrido del metrobús. Desde entonces la lucha es constante, el año pasado lograron detener el intento, pero ahora nuevamente los funcionarios arremetieron con la decisión de arrasarlo. “No pasarán, aunque Rodriguez Larreta insista, el 9 de septiembre inauguramos el final de obra del Isauro. Ya lo han intentado y no han podido, nuestros compañeros detenidos-desaparecidos nos protegen desde enfrente”, dice Susana en referencia al vecino ex Centro Clandestino “El Atlético”, y nuevamente encabeza la lucha contra la destrucción del Isauro.

Entre sus múltiples actividades el Centro realiza desde hace cuatro años reuniones de mujeres con un equipo de apoyo integrado por trabajadoras sociales, psicólogas y orientadoras pedagógicas.

“Acompañamos los procesos de lxs pibxs y percibimos situaciones de violencia de género y de crianza de lxs niñxs que provocan mucha angustia en las mujeres. Así que decidimos juntarlas y tratar la problemática común. La primera sorpresa fue cuando dijeron ‘¿para qué nos vamos a reunir las chicas?’”, les explicamos y respondieron “¡Ah! No, no se puede confiar en otra mujer”. ¿No se dan una mano entre ustedes, no son amigas?, preguntamos. “No, no se puede confiar en otra mujer, en todo caso en tu hermana, y hasta por ahí nomás…” aseguraron, relata Susana.

Lentamente se fue desarmando esa convicción y se tejieron vínculos. La confianza empezó a florecer. Eso no existía por una cuestión muy machista, el argumento era “no podés ser amiga de otra mujer porque seguro que te va a cagar al tipo con el que estás”.

“Trabajamos mucho sobre qué códigos de confianza podemos construir para no traicionarnos. Y se fue logrando, con las características que tiene el Arancibia, donde lxs chicxs entran y salen, se van y vuelven. Pero empezaron a confiar la una en la otra y a mostrar que se puede armar algo más allá de los varones, sin que ellos fueran el centro, en ese lugar tan protagónico y tan de poder que proviene de la organización muy primitiva y muy machista que es la ranchada”, describe Natalia Terán, psicóloga.

Otro de los puntos clave es la maternidad, se trabaja con qué es un niño, por qué un niño llora, se empiezan a construir herramientas que es lo más rico del aprendizaje Las reuniones de mujeres son los martes y el espacio está muy consolidado.

“Esto es cosa de mujeres”

El Arancibia es un edificio luminoso, en ebullición, las aulas son vidriadas, los espacios aireados y coloridos, cada centímetro es aprovechado, durante todo el día llegan madres con sus niñxs en cochecitos, de la mano, en alegres montones. Los más chiquitos van a la guardería.

Pero la visita de Las12 y el hecho de que la mayoría de las entrevistas fueran con mujeres, despertó una rebelión entre los varones, pedían fotos, se acercaban al espacio en el que estábamos reunidas y a través de las ventanas hacían morisquetas, golpeaban, se señalaban a sí mismos como diciendo “¿y nosotros?”, y esto a las chicas les causaba un enorme placer. “Es cosa de mujeres”, le dijo Romina a su pareja que la llamaba insistentemente y agitaba las manos para atrapar su atención.

–¿Cómo reaccionaron los varones cuando las chicas comenzaron a organizarse?

–¡Uh! Pateándonos la puerta y gritando “¿están hablando de mí ahí adentro?”. Reclamaron un grupo para ellos y se hizo, están más amansados, pero tenemos situaciones de violencia. De pronto un varón golpea la puerta y te tira un nene adentro diciendo “¡acá está la mamá, que se ocupe de su hijo!”; por una cosa u otra interrumpen nuestras reuniones.

–¿Cuáles son las vulneraciones de género más frecuentes?

–En el centro está esa idea de que el varón es el dueño de ellas, y se escuchan mucho cosas del tipo de “bueno, yo tengo suerte, mi marido me deja venir a la escuela”. Las pibas cambian absolutamente cuando están solas, se pintan, se arreglan, pero en pareja es el dominio total de ellos. Cuando ellos son alumnos podemos trabajar estas cosas acá, pero muchos no lo son. Y pasa seguido que la alumna te dice que no puede venir más porque está en pareja “y ahora tengo que estar en mi casa, con mis hijos”, es peor que en el medioevo, más atrás. La crianza de los niños está absolutamente a cargo de las mujeres, el varón por ahí es el que sale a conseguir plata, es el que tiene derecho a salir, hay mucho consumo de sustancias y de alcohol entre ellos, y eso provoca situaciones de violencia con las chicas.

Entre sus actividades, el Arancibia tiene una ginecóloga del Centro de Salud y Acción Comunitaria 15 que canaliza las inquietudes de las chicas y se trabaja mucho sobre métodos anticonceptivos, el preservativo no se usa porque el varón no lo quiere y ellas no encuentran una forma de ponerle un freno a eso.

“Esto acá pasa en el 98% de los casos, es una en un millón la que se niega si él no quiere ponérselo –asegura Natalia–. Se trata de que ellas puedan decidir y decirles a ellos que bañen a los hijos, que se hagan cargo, que cocinen. Es muy difícil, les cuesta mucho pensar que en pareja hay cosas que se pueden decir y negociar. Cuando tienen hijos, vienen a la escuela y quieren hacer algo más, se les complica. Estas chicas a los 22 años tienen cuatro o cinco hijos y quieren hacer talleres, pero no cabe en su pensamiento ni en el del varón que se los pueden dejar a ellos. Los nenes son de ellas.”

–¿Esas mismas posturas se dan con lxs que viven en los hoteles?

–Y eso pasa en los hoteles, pero se agrava enormemente en situación de calle. Ahí viven la ilegalidad absoluta, en general todos los espacios que están regidos por hombres como la calle, la policía, lo institucional, hacen que las mujeres llevemos las de perder. Y lo que hacen es buscarse una protección, un jefe de ranchada, o la pareja. No pueden estar solas, así su propia higiene, su dignidad, tiene mucha vulnerabilidad, y a la vez se va generando una dureza, una coraza que no se ve en otras mujeres. Muchas se visten como varones para no sentirse tan frágiles, parecerse a un varón, sentir que es más posible defenderse. Quien vive en la calle habita sólo su cuerpo y eso es un extremo de vulnerabilidad absoluto, la ranchada es el amuchamiento, esos muchos cuerpos que te protegen. Es no poder ver el futuro, eso se nota mucho. Si el varón está consumiendo y ella no, le decimos que tiene que alejarse, pero ella dice que no lo puede dejar tirado, hay una solidaridad muy fuerte y eso a veces impide accionar. Pero las adicciones no tienen género, mujeres y varones pueden padecerlas.

“Imaginarse vivir en la calle es muy desgarrador, hay que conocer lo que es pasar una noche en la calle, es como que sin tomar una sustancia parece casi imposible. El frío, la lluvia, el desamparo, todo es muy fuerte y a veces se naturaliza la situación. Se pasa al lado de alguien en esa situación y no se hace nada, en la mayoría la indiferencia es brutal. Nosotros tratamos siempre de no naturalizar, cada uno es uno, no es un pibe de la calle, es alguien que tiene su pasado, su presente su futuro”, resume Susana.

No todos lxs chicxs que viven en la calle carecen de familia, algunos son huérfanos, o de padres desaparecidxs, a veces son hijxs de familias que vivían en la calle. Otrxs tuvieron un hogar y se alejaron por situaciones de violencia, padrastros golpeadores, abusadores, hacinamiento.

También ocurre que chicxs del conurbano llegan a la ciudad a cartonear y se van quedando. En el Isauro hay muchxs que llegaron de las villas con sus padres, de pequeñxs, a pedir en los subtes, a hacer changas, y siguen aquí, boyando en la ciudad enorme y generalmente cruel, eso se acentuó en los 90 y ahora tienen de 20 años. Esta situación se está reproduciendo en la actualidad.

Pero el Isauro va modificando, hay un grupo que empezó en 1998, integrado por los primeros chicxs llegados de la estación Constitución, había varias chicas que hoy son grandes y están haciendo el secundario. Algunas en los últimos años tuvieron cierta independencia como jefas de hogar, muchas trabajaron en el Plan Manos a la obra.

“Por ejemplo Noelia, pasó por la calle, las adicciones, la separación de sus hijos, y pudo superarlo gracias a los programas que hubo en el conurbano, hoy está en otra situación, sin sumisión, hace acá cursos de formación. Y sus nenas que vivían con ella en la calle están en primario y secundario. Pudieron cortar esa cadena de la calle, del aquí y ahora. Al compañero de Noelia, Monito, lo mataron Se hizo su casa con lo que ganaba de la AUH y nos lo daba a nosotras para que se lo guardáramos, ‘dame que voy a comprar una ventana, dame para una puerta’, decía y así terminó su vivienda y puso un quiosco ahí. Esto se hizo porque había posibilidades con los planes y asignaciones, hubo un contexto que ayudó a superar algunas condiciones”, concluye Natalia.

La nota fue publicada en: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-10835-2016-08-26.html

Noemí Ciollaro

Noemí Ciollaro

Periodista en Las 12 de Página 12 y en la revista digital Haroldo; autora de Pájaros sin Luz, Testimonios de Mujeres, de detenidos- desaparecidos (Planeta 2000) e Hijos del Sur (Testimonios de hijos de detenidos-desaparecidos en Quilmes) (Universidad Nacional de Quilmes, 2014).

Comentar

Click aqui para dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *