Opinión

Acá estoy

maxi machismo 2
1)
A los 17 años, estaba yo una vez en un boliche. Serían las 3 de la madrugada, algo así. Un grupo de pibes, amigotes de ese tiempo, comenzó la organización para “ir al puterío”. Nunca había estado en un prostíbulo. Hasta ese día. Y el grupete, el de aquella madrugada, pero también otros grupetes, de la escuela, del club, del barrio, me señalaban con el dedito. En formato de risa compartida, de comentario burlón. Ese señalamiento como parte de uno de los mandatos que se deben cumplir como varoncito en una sociedad machista. Vas a “ponerla”, juntás unos mangos y tenés acceso al cuerpo de una mujer. Simplemente porque se puede hacer. Porque sí. Casi como algo de la naturaleza. Las flores crecen, las vacas dan leche y los tipos podemos ir a ponerla a un puterío.
2)
El viernes 11 de marzo, en el auditorio Kraft, de la calle Florida, el grupo “Mujeres de Artes Tomar” (MAT) inició su ciclo “Marzo, Mujer y Memoria”. Todo allí se convirtió en violeta, color que refleja la lucha, aún hoy, más que avanzado el siglo 21, de las mujeres del planeta por una sociedad más justa, igualitaria y sin violencias. Fui parte de un grupo de personas en el auditorio que observamos, escuchamos y aprendimos con Nora Cortiñas, Liliana Daunes, Marlene Wayar y otras, muchas, que cantaron, bailaron, tocaron los tambores, gritaron y se expresaron con valor, conciencia, amor y la bronca de la impotencia, del dolor, de la tristeza, de las muertes, de las desapariciones, de los cuerpos mutilados, de las vidas arrebatadas.
3)
Y, entonces, Clodet García (talentosa referente de las MAT) hizo vibrar la galaxia, que por un rato se concentró en ese espacio. La negra, la torta, la trans, la golpeada, la violada, la explotada sexualmente, la ignorada, la subestimada, la asesinada. Todo era respondido con un “Acá estamos”. En las voces de distintas mujeres, o varias al unísono. Acá estamos, decían. Carajo, pensaba yo. Ellas decían “acá estamos”, y yo pensaba “carajo”, una y otra vez. Entonces, pasó algo. “Los varones decididos a perder sus privilegios”, dijo, creo, algo así, Clodet. Y hasta, me pareció, alzó la vista hacia allá en el fondo, donde yo estaba sentadito solo, como diciéndome con sus ojos que sí, me estaba hablando a mí, a Maximiliano Montenegro, varón repleto de privilegios, nacido y criado en una sociedad patriarcal, que cumplió con muchos de esos mandatos machistas, que aún hoy no logra despojarse de todos, que lo intenta, que se deconstruye, que se despedaza para ser otro, que hace todo lo posible por caminar con ellas, que a veces no sabe cómo hacer, cómo seguir, como colaborar, que se desborda por todo el dolor que causamos los varones, que a veces tiene que tomar distancia de las violencias para seguir de pie, que siente culpa por eso, que es papá, que es periodista, que estaba ahí, justo cuando lo interpelaron. “Acá estoy”, tenía que decir. Incluso gritar. Y no salió nada. Nada que ver con la verguenza o algo por el estilo. Pienso que no me esperaba esa inclusión. Me agarró por sorpresa. Entonces eso que salió de la garganta de Clodet, y se transformó en torrente en mi cabeza, subía y bajaba, buscaba su espacio, su expresión, su explicación, demoró un par de segundos extra. Clodet siguió, con su apuesta siguiente, haciendo la magia de colectivizar la alegría, el dolor, las penas, las heridas, de hacer que todxs fueran unx, con ese deseo de que siga así, y no cambie, para que podamos juntxs seguir derribando prejuicios, mezquindades, mierdas, golpes, etiquetas, machos…
4)
Podemos pagar por un cuerpo de mujer, o de niña. Nos adueñamos de esos cuerpos, por un rato. Los convertimos en mercancía, en un bien transable, en parte de la maquinaria capitalista (que tiene exclusivo rostro de hombre, sin dudas). También podemos violentar esos cuerpos. Si esos cuerpos dicen no, los castigamos. De mil y una maneras. Con piñas, patadas, sogas, balas, cuchillos, fuego y lo que sirva para vulnerar ese no. Si el cuerpo dice no, merece el castigo del macho. Que es castigo real para ese cuerpo, y castigo simbólico para los otros millones de cuerpos femeninos. Un cuerpo como testimonio cada 30 horas. Y ahí está publicitado el aviso, la advertencia, en los noticieros, en los diarios, que reproducen, perpetúan los mandatos, siguen justificando, amparando, con casi nula reflexión, interpelación.
5)
No pude, el viernes, gritar “acá estoy”. Tampoco los seis o siete varones que también estaban allí. Fue el único silencio de la noche, en las entrañas de ese auditorio que exhalaba pasión feminista. Ruidoso silencio de los varones. De los dueños de cuerpos, de los arrebatadores de vidas, de los que arruinamos el mundo con nuestra maldita violencia, con nuestro horrible mandato de la posesión. Silencio. Ojalá eso cambie. Ojalá podamos deconstruirnos, uno, dos tres, y volvernos millones. Ojalá nos despojemos de una vez y para siempre de la creencia, que es certeza, de que estamos arriba, por encima, y no al costado, o incluso detrás, a veces, para aprender, y caminar esos senderos que ellas vienen construyendo, buscando el empoderamiento, de ellas y tuyo, porque vos, varón, como yo, no serás completamente libre hasta que el machismo de tus tripas salga por donde debe y termine en el inodoro.
6)
Acá estoy, sí, cagando todos los días mi machismo.
Maximiliano F. Montenegro

Maximiliano F. Montenegro

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