Entrevista

La huida lograda

Para acabar con Eddy Bellegueule_135X220
Revelación literaria, dolorosa y testimonial, la autobiografí­a de Édouard Louis “Para acabar con Eddy Bellegueule”, en la que narra su infancia en un pueblo francés violentada por su condición homosexual -razón por la cual huyó y cambió de nombre-, fue un intento “de forzar a la literatura a que viera el mundo que no veía: la clase subproletaria”, indicó el autor de visita a la Feria del Libro de Buenos Aires.
Nacido en 1992 en Hallencourt, al norte de Francia, Louis creció en un pequeño pueblo sumergido en la pobreza. Su padre desempleado, su madre trabajadora ocasional que bañaba ancianos y enfermos, y una familia atravesada por la marginalidad forjaron una historia en la que la violencia fue lenguaje naturalizado, como expresión cotidiana de una clase social por debajo de lo bajo.
Ocurre que Louis (antes Eddy Bellegueule) no respondía a los cánones asociados a la masculinidad: su andar, sus gestos, el tono de su voz. “Marica” le gritaban, si no lo escupían o golpeaban. “El sufrimiento es totalitario: hace desaparecer todo cuando no entre en su sistema”, desliza el joven autor anticipando esa trayectoria dolorosa al comienzo del libro (Salamandra), que en Francia vendió más de 250.000 ejemplares.
Huyó de su casa, sepultó su viejo nombre, cambió de identidad, estudió Historia y ahora continúa con Sociología en París. Y según confía hasta lo 16 no había leído un libro -“era cosa de burgués”- Su novela fue un éxito y ya está encarando un segundo título, que al igual que el primero, se alimenta de rasgos autobiográficos para “hacer de la violencia un espacio de literatura”.
¿Crees que la literatura te salvó?
La literatura era como un símbolo de la burguesí­a, aquello que nos excluí­a porque no hablaba de nosotros, hablaba de otros que no éramos nosotros. Si bien en este libro traté de expresarme con las herramientas literarias, en algún sentido es una especie de venganza contra la literatura, un intento de forzarla a que viera el mundo que no veí­a, a que hablara de lo que no hablaba.
¿De qué no habla?
Las clases obreras son poco representadas en la literatura pero de alguna manera están. Pero lo que sí­ está ausente son los `lumpen proletariados`, un sector no representado que es una clase totalmente diferente a la obrera. Recuerdo que mi madre decí­a `los obreros son los burgueses` porque ellos recibí­an un salario y no un subsidio. Justamente mi desafí­o era hablar de ese mundo que verdaderamente estaba invisible en la literatura.
En el libro a la cuestión de clase, la atraviesa además la sexualidad y el género…
Si, porque cuando comencé a escribir no querí­a hablar de pobres como podrí­a ser en William Faulkner o Émile Zolá ni se trataba de escribir de homosexuales como podrí­a ser Marcel Proust, sino de la experiencia de ser un dominado dentro de dominados. La homosexualidad de Eddy Bellegueule es un prisma para analizar el mundo, para pensar las clases subproletarias.
Es impactante el modo en el que retratás la violencia en cada rincón de ese pueblo, como una forma de encontrar las causas a través de tu historia. ¿Qué te propusiste?
En el discurso literario, las clases populares suelen estar representadas en dos alternativas: una visión despectiva o una más luminosa, la del `buen salvaje`, que en realidad es el mito invertido del racismo de clase. El mundo de mi infancia estaba excluido de la literatura, así­ que al plantear la cuestión de las mujeres, homosexuales y negros busqué pensar la violencia desde ese otro lugar.
La violencia se traslada incluso al interior de la familia, como reflejo de una rigidez social. A la distancia, ¿qué entendiste sobre esas relaciones?
La novela es la historia de un encuentro imposible entre Eddy Bellegueule y su familia. Sus padres están cercados por una esquizofrenia social porque aman a sus hijos pero al mismo tiempo detestan profundamente lo que Eddy representa: la feminidad en un cuerpo de muchacho, la traición a la masculinidad. Para afirmar su identidad viril, su padre debí­a reconstruirla en el cuerpo de su hijo y él lo traiciona. Eso produce violencia.
¿Por qué tu padre necesitaba esa reafirmación?
Afirmar la identidad sexual masculina en la clase popular es oponerse a cierta feminización de la burguesía, porque los burgueses cruzan los pies, van a la peluquerí­a. Lo que quise mostrar es que en el pueblo de Eddy todas las distinciones son sexuales, también la relación de clase social es una relación de sexos. La visión de ese mundo es sexual.
 Y así desmontás el mito de la sociedad francesa de la “igualdad”, “fraternidad” y “libertad”…
Si, es que son valores de ficción; una ficción que se opone a una realidad que existe antes de esa ficción. Es una tentativa esforzada para construir una visión que sabemos que es mentira.
Cuando publiqué el libro mucha gente me decía `yo no sabía la cantidad de pobres en Francia`, y al mismo tiempo en cualquier barrio de Parí­s hay gente que duerme sobre cartones en la calle. Quiero decir: la verdad la conocemos, sólo que luchamos para no saberla. La novela fuerza a la gente a ver la realidad que no quiere ver.
En sintoní­a con pensadores franceses, Simone de Beauvoir declaró “lo personal es político” y de alguna manera vos recuperás esa consigna al hacer de tu propia historia un acto polí­tico, una crí­tica social. ¿Por qué?
Hubo momentos que me costaba escribir porque me resultaba muy í­ntimo, pero al mismo tiempo me decí­a `esto es lo que hay que contar` porque las fronteras entre lo que es histórico y lo í­ntimo son fronteras construidas. Y lo cierto es que ponemos del lado de lo privado las realidades de las que no queremos hablar. Haciendo literatura lo que tratamos de hacer es desplazar esa frontera entre lo polí­tico y lo í­ntimo.
Finalmente, Eddy escapa y cambia de nombre. El sabor que queda es el de la huida. ¿Cuál es la potencia vital de la huida?
En el siglo XX lo que sucede es una suerte de `polí­tica de la huida`; la cuestión era cómo afrontar o resolver los problemas pero en el siglo XXI la huida se vuelve central: lugares donde ya no podemos luchar, lo hemos intentado y fracasamos. Eddy Bellegueule ya habí­a perdido y la huida era su única solución; incluso durante mucho tiempo no quiso huir, intentó asimilarse con los otros, pero fracasó.
¿Y Édouard ganó esa huida?
El paso de Eddy Bellegueule a Édouard Louis es la expresión de una huida lograda, aunque todaví­a quedan muchas huidas por lograr, pero con menos dolor y más felicidad.
La nota fue publicada en http://www.telam.com.ar
Milena Heinrich

Milena Heinrich

Estudiante de Antropología en la UBA. Periodista de la Sección Cultura de la Agencia Télam.

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